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Viajar a las cataratas del Niágara es uno de los destinos soñados para muchos. Sin embargo, no siempre se pueden costear ir hasta allí, pero hay una alternativa mucho más cercana. España tiene un lugar capaz de impresionar al escritor Miguel de Unamuno.
Se trata del Pozo de los Humos, situado en el parque natural de Arribes del Duero, en la frontera entre Salamanca y Portugal. A tres horas y media de Madrid, este lugar ofrece una de las cascadas más espectaculares de toda Europa. Por lo que a tiro de piedra hay un lugar espectacular.
Una cascada a la que llegar por una senda
Para llegar al Pozo de los Humos tienes que ir hasta Masueco, lugar donde deberás dejar el coche. Desde allí tendrás que emprender una senda de dificultad baja. Deberás recorrer los dos kilómetros y medio de la Senda de la Robleda, que también se conoce como la Senda de Unamuno.

Llegarás a una pasarela desde la que podrás apreciar las vistas desde la parte alta de la cascada. Pero hay otra opción, para verlo desde abajo y tener una panorámica de la caída del agua. Para ello tienes que ir a una zona de parking cercana a Pereña de la Rivera, y dar un paseo de 400 metros.
Una cascada que no envidia a las del Niágara
Las cataratas del Niágara son unas de las más fotografiadas de todo el mundo. Uno de esos lugares que todo el mundo quiere visitar una vez en su vida, pero como decimos, no todo el mundo puede. Es por ello por lo que el Pozo de los Humos es una gran opción para quitarse la espina.

Esta versión española solo tiene un metro menos, por lo que a simple vista no vamos a ver diferencia. Es por ello que a menos de 4 horas en coche desde Madrid puedes tener una excursión espectacular.
Un lugar que enamoró a Unamuno
A finales del siglo XIX, Miguel de Unamuno realizó un viaje por esta zona de Salamanca. Y el Pozo de los Humos dejó encantado al escritor hasta tal punto que lo quiso dejar plasmado. Fue en un relato publicado en ‘Ecos literarios’.
“Estaríase uno las horas muertas contemplándola fluir, dejándose ganar el espíritu por la sensación purísima que su constante curso nos produce. El agua es acaso la que mejor imagen nos ofrece de la quietud en el movimiento, del solemne reposo supremo que del concierto de las carreras de los seres todos surge. En el estanque duerme el agua reflejando al cielo, pero con no menos pureza lo refleja en el cristal de un sosegado río, cuyas aguas, siempre distintas, ofrecen la misma superficie siempre. Y en la cascada misma, por donde se despeña bramando, preséntanos una vena compacta, una columna que acaba por parecer sólida. ¡Enorme fuerza la que sin aparato alguno, con la sencillez del coloso, despliega!... Es una de las más hermosas caídas de agua que pueden verse entre aquellos tajos adustos”, escribió Unamuno sobre este lugar.